El aguilucho que creció como gallina

Reflexiones
Typography
  • Smaller Small Medium Big Bigger
  • Default Helvetica Segoe Georgia Times

Ratio: 5 / 5

Inicio activadoInicio activadoInicio activadoInicio activadoInicio activado
 

El aguilucho que creció como gallina: una historia para reflexionar sobre nuestra superación personal y nuestros complejos...

El aguilucho que creció como gallina

¿Alguna vez te han dicho que actúas como una gallina? ¿Tus padres te crearon algún complejo desde tu infancia por haberte dicho que eres un inútil, un bueno para nada y te lo creíste y actúas como tal? ¿Crees que tienes más incapacidades que capacidades o más defectos que virtudes? ¿Has pensado que todo aquello que los demás son capaces de hacer o conseguir está muy lejos de tu alcance? Lee esta historia, que por sí sola te dirá el porqué de tu situación.

Un campesino, mientras caminaba por el bosque, se encontró con un aguilucho que había caído del nido plantado en lo más alto de los árboles. Decidió llevárselo a su casa y criarlo junto al gallinero. Lo trataba de la misma forma como lo hacía con las gallinas. Le daba la misma comida en el suelo, la misma agua en un bebedero y lo soltaba en el campo para complementar su alimentación, igual que si fuese una gallina. El águila creció y se comportó como si fuera una gallina. Cacaraqueaba igual que una gallina, y dormía junto al resto de las gallinas.

Un día, mientras comía, levantó su cabeza y vio por los aires a unas aves que, majestuosamente, volaban por los aires, como dueñas del cielo. Preguntó a una gallina quiénes eran esas aves. La gallina contestó: "Esas son águilas, y vuelan así porque son eso, águilas, no las mires con tanta ilusión, porque tú solo eres una gallina y las gallinas no podemos hacer eso". Convencido el aguilucho siguió comiendo de su comida tirada por el suelo.

El siguiente día volvió a ver a esas aves volar el firmamento y desplazarse de un lugar a otro con tanta facilidad; y empezó a sentir un enorme deseo de volar como ellas. Se subió a lo más alto de un árbol y se lanzó con fuerza, batió torpemente sus alas como una gallina, y cayó al gallinero otra vez. No pudo volar y lo único que consiguió fue que las gallinas se burlaran de él. Convencido ahora más de que eso era imposible para una gallina como él, se resignó a seguir actuando como las demás gallinas.

Pero un día, al pasar nuevamente las águilas por los cielos, sobre el gallinero, una de las águilas descendió, llevada por la curiosidad de vislumbrar allá abajo a una gallina que más parecía águila. Y, efectivamente, lo comprobó al descender al gallinero. Se le acercó y le preguntó qué hacía un águila viviendo en un gallinero y actuando como una gallina. El aguilucho contestó que él era una gallina, formaba parte de esa familia, ahí se había criado y solo podía hacer lo que hacía el resto de las gallinas. El águila trataba por todos los medios de convencer al aguilucho de que él era realmente parte de la familia de las águilas, y no de las gallinas; pero como ese pobre aguilucho insistió en que ni siquiera podía volar desde la copa de un árbol tan pequeño, como aquel del cual ya había intentado alzar el vuelo, entonces lo tomó entre sus garras, lo llevó hasta lo alto de los cielo y le dijo: ¡Águila! ¡Mira ese horizonte, mira el sol allá a lo lejos, los campos verdes allá abajo, mira, todas esas nubes pueden ser tuyas! ¡Despierta tu naturaleza y vuela como águila que eres!

El aguilucho comenzó a ver todo esto y fue quedando maravillado con la belleza de las cosas que nunca había visto, estuvo confuso al principio sin entender por qué había estado tanto tiempo alienado. Entonces sintió su sangre de águila correr por sus venas, sintió tensarse los músculos de sus alas y partió en un hermoso vuelo hacia el horizonte azul.

Muchos vivimos como gallinas, crecimos como gallinas y actuamos como tales. No nos damos cuenta del gran potencial que llevamos dentro, porque otros nos cortaron las alas desde pequeños; nos crearon complejos o el mismo medio en el que crecimos influyó para que no pudiéramos contemplar todo un horizonte de posibilidades que tenemos por delante. Dios nos vino a dar vida, y una vida en abundancia (Cf Jn. 10,10), sin embargo nos hemos conformado con vivir como mendigos.

A muchos nos educan como gallinas porque con una mentalidad de gallina nos controlan más fácil. Por eso nos creemos gallinas y vivimos con la cabeza agachada y muertos de miedo. Hay países subdesarrollados en los que los gobiernos no se atreven a poner a disposición del pueblo todos los recursos para crear una cultura de progreso y ponerse codo a codo con los más desarrollados, simplemente porque un pueblo que sabe y conoce, también piensa y exige, y eso no conviene a quienes quieren gobernar sin oposición alguna, sin obstáculos para sus intereses personales.

Nadie decide en qué familia nacer, ni su nación. Muchos nacieron como ricos y viven como ricos. Muchos nacieron en países muy ricos y viven en la abundancia. Pero también es muy cierto que muchos nacen en familias muy pobres, de escasos recursos y millones y millones de personas nacen en países pobres o subdesarrollados. Pareciera una mala jugada del destino. Pero hay una verdad que debemos asumir: no es pecado nacer pobre, pero sí que lo será morir pobre. No por nacer en una familia o en una nación de escasos recursos, debes conformarte con tu estatus y resignarte a morir en la lipidia o la pobreza. Tienes toda una vida por delante para salir de ahí y superarte. El problema es que muchos se "sientan a la vera del camino", como Bartimeo, el de la escena del Evangelio, para pedir una limosna. El problema es que muchos se "resignan" a vivir como pobres y mendigos, sin poner su potencial a trabajar y salir de ahí. Creen que porque nacieron o crecieron en un gallinero, son gallinas (y no es una expresión peyorativa contra los hogares pobres),  y se resignan a vivir ahí toda la vida, sin sentir la sangre de águila que llevan dentro.

Otros tantos han intentado volar, y en el primer intento se dieron contra las ramas y cayeron. El problema no está ahí, sino en resignarse, en desistir, pensar que por un fracaso no vale la pena intentarlo una y otra vez. Hay muchos que no han visto sus metas cumplidas y no han alcanzado el éxito, simplemente porque desistieron cuando ya casi lo habían conseguido, porque desistieron y se quedaron en el camino. 

No seas cobarde, atrévete!. Tú no eres gallina, eres un águila!. Atrévete a volar, no te cortes las alas tú solo ni dejes que otros te acomplejen y te digan que no puedes y te lo creas y desistas. Todos podemos volar tan alto como queramos y cuando queramos.

La amplia gama de capacidades que tenemos la descubriremos solo cuando nos atrevamos a lanzar el vuelo. Solo cuando lo hemos intentado una y otra vez nos damos cuenta de lo que somos capaces. El aguilucho ya se había dado por  vencido en el primer intento; solo pudo descubrir su verdadero potencial cuando se dejó ayudar y perdió el miedo.

¡No somos gallinas, somos águilas!

0
Shares
0
Shares