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Mar, Nov

La Cincuentena Pascual

Cristo ha Resucitado, Aleluya!

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El Tiempo Pascual comprende los cincuenta días que median entre el domingo de la Resurrección hasta el domingo de Pentecostés y  se han de celebrar con alegría y júbilo, como si se tratara de un solo y único día festivo, como un gran domingo (Cf. Normas Universales del Año Litúrgico, n 22).

La Cincuentena Pascual

Introducción

Al tiempo que va desde el Domingo de Resurrección hasta el domingo de Pentecostés, se le llama Tiempo Pascual, y los cristianos lo celebramos con mucha alegría y júbilo, como si se tratara de un solo y único día festivo, como un gran domingo (Cf. Normas Universales del Año Litúrgico, n 22). Son cincuenta días (en griego "pentecostés")


Es el tiempo más fuerte de todo el año litúrgico, que se inaugura en la Vigilia Pascual y se celebra durante siete semanas hasta Pentecostés.

1. La cincuentena-pascual

a) La cincuentena judía

Según el libro del Éxodo (23,16), el pueblo judío celebraba la fiesta de las Cosechas o de las Primicias que los campos producían. Eso sucedía cincuenta días después de la fiesta de la Pascua judía, en el tercer mes judío (en nuestro actual mayo.  

El Deuteronomio precisa la cincuentena pascual (entre Pascua y Pentecostés): «Contarás siete semanas, a partir del día en que metas la hoz en la mies contarás siete semanas, y celebrarás la Fiesta de las Semanas en honor del Señor tu Dios» (Dt 16 9-10). Al contar siete semanas (Lv 23,15-22) a partir del día siguiente al sábado pascual, el Pentecostés judío cae siempre en domingo.

b) La cincuentena cristiana

«Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en un mismo lugar» (Hch 2,1). Pentecostés no es una celebración posterior a la venida del Espíritu Santo sobre los Apóstoles; era ya la fiesta de las Cosechas.  Los apóstoles recibieron ese día el Espíritu prometido por Jesús, y de ese modo se sella la nueva alianza. Los signos externos (lenguas, fuego, viento impetuoso) recuerdan las manifestaciones del Sinaí.

Nos encontramos con una relación muy evidente entre la Pascua y Pentecostés en la liturgia cristiana. Por una parte, la Pascua conmemora la liberación salvadora de Jesús, hecho que se comunica a todo el universo y a la humanidad entera a través de los creyentes que estaban reunidos el día de Pentecostés, en la nueva Iglesia.

Así como en el calendario judío, la fiesta de la Pascua cristiana se prolonga por un espacio de cincuenta días, una octava de domingos y siete semanas, durante las que conmemoramos a Cristo resucitado, presente en la Iglesia, y al Espíritu Santo, donación de la promesa del padre.

Si la Cuaresma es tiempo de prueba y tentación, la cincuentena pascual es signo de perfección y eternidad

2. La celebración de la cincuentena pascual



a) La octava pascual

La octava pascual se comenzó a celebrarse, en Oriente y Occidente,  a finales del Siglo IV, tiempo en que el significado primitivo de la cincuentena pascual comenzó a decaer.

El ciclo antiguo de las siete semanas se desdobló en otro nuevo ciclo de ocho días, con un carácter eminentemente bautismal. La octava permitía a los neófitos gustar las delicias de su bautismo, prolongando durante una semana «el día que hizo el Señor» (Sal 117, 24). Al principio fueron siete los días bautismales. El sábado era el momento en que los neófitos se desprendían de los vestidos blancos recibidos en el bautismo. Más tarde se trasladó este rito al domingo, llamado por esta razón in albis. Los nuevos bautizados tomaban asiento entre el pueblo. La octava se llamó alba o blanca.

Los neófitos o recién bautizados se reunían cada día de esta semana pascual en una basílica diferente. Como la semana entera fue festiva a partir del año 389, todos los cristianos podían participar en la eucaristía de los neófitos y recordar las fiestas bautismales en que, en años anteriores, habían participado por primera vez. 

El objetivo de esta semana consistía en que los neófitos recibiesen las últimas catequesis, denominadas mistagógicas. La octava de Pascua está, pues, en relación con la iniciación a los sacramentos de los recién bautizados en la Vigilia Pascual.

b) Las semanas pascuales

Durante los siete domingos de Pascua, la liturgia celebra el mensaje pascual de la resurrección del Señor. Es una celebración jubilosa prolongada de la Pascua, tal como lo establecen las Normas universales sobre el año litúrgico, del 21 de marzo de 1969, en las que se dice que «los cincuenta días que van del Domingo de Resurrección hasta el Domingo de Pentecostés se celebran con alegría y júbilo, como si se tratara de un único día de fiesta o, mejor aún, de un gran domingo» (n. 22). En suma, el tiempo de Pascua es celebración del misterio de la exaltación de Cristo, constituido Señor del universo y cabeza de la humanidad. Es período de plenitud y de profundización en el bautismo recibido o en la fe ya vivida. Es cincuentena hasta Pentecostés, en que predomina la acción del Espíritu. Es tiempo de alegría y de banquete (sin ayunos), al que se asiste de pie (no de rodillas), en el que se canta el aleluya y en el que la comunidad se reconoce como misterio de comunión fraternal, realizada por el Espíritu de Jesús en forma de koinonia.

3. La fiesta de Pentecostés

Entre los judíos, la fiesta de la Cosecha, o día de la acción de gracias, se celebraba en tiempos de Jesús siete semanas después de Pascua; era la fiesta de los Primeros Frutos (Nm 28,26), de la Recolección (Ex 23,16) o de las Semanas (Ex 34,22). En razón del número «cincuenta», se denominó Pentecostés

Entre los cristianos, la fiesta de la Pascua se prolonga por espacio de cincuenta días, denominado «tiempo pascual» o «cincuentena pascual», que finaliza con el día de Pentecostés, fiesta con la que se corona la Pascua. La cincuentena pascual es tiempo de plenitud, de alegría y de acción de gracias por los frutos recibidos, y predomina en él la acción del Espíritu.

a) La Vigilia de Pentecostés

Con un esquema parecido al de la Vigilia Pascual, la Vigilia de Pentecostés era una segunda oportunidad para que quienes no se habían bautizado en la primera (Vigilia Pascual). No se bendecía el cirio ni había pregón pascual, pero siempre hubo varias lecturas, con bendición de la pila, bautismos y eucaristía bautismal.

Es una vigilia en que las comunidades se reúnen y disponen para celebrar la Venida del Espíritu Santo, o donación de la promesa del Padre. En esta celebración se pueden acentuar los tres símbolos del Espíritu: viento-soplo, agua y fuego-luz. De un modo concreto, pueden simbolizarse el fuego (hoguera), las llamas (lámparas), el agua (jarra o tinaja) y la torre maldita (muro). Pentecostés es la confirmación de la Iglesia, del mismo modo que la Confirmación es el pentecostés del cristiano.

Los tres pasajes del Nuevo Testamento que hablan de Pentecostés se refieren a la fiesta judía: Hch 2,1; 20,16; 1 Cor 16,8. La fiesta cristiana coincide con la judía en el nombre («pentecostés» significa «cincuenta») y en el momento (siete semanas después de Pascua). No celebra simplemente la siega de cereales (fiesta de la Cosecha o de las Semanas) ni la antigua alianza del Sinaí (donación de la Ley), sino la ascensión de Cristo (nuevo Moisés) al Padre y la efusión del nuevo Espíritu. El Pentecostés cristiano celebra el don escatológico del Espíritu Santo y la apertura de la Iglesia a nuevos pueblos. (La fiesta de la Ascensión tardó en separarse de la de Pentecostés).

El evangelio de la Vigilia pone el grito de Jesús («¡El que tenga sed, que venga a mí; el que crea en mí, que beba!») en relación a los ritos del agua que se celebraban en la fiesta judía del Templo o de los Tabernáculos. Jesús es la roca, el agua viva, el Espíritu de Dios hecho carne. Nos invita a todos a beber dicho Espíritu.

c) El Espíritu de Pentecostés

Cuando estaban todos reunidos, con un mismo objetivo, la promesa de la venida del Espíritu Santo se hace realidad. Por eso para la primera lectura durante la cincuentena pascual, no se lee ningún libro del Antiguo Testamento, que son promesas. Se toma del libro de los Hechos de los Apóstoles.

En su encuentro con el hombre, Dios se manifiesta como Espíritu, comparado en la Biblia al viento y al aliento, sin los cuales morimos. El Espíritu de Dios es la respiración del cristiano. Es viento -como huracán o como brisa- del que no se sabe a veces su procedencia; pero también es fuerza ordenadora frente al caos. Asimismo, es aliento que se halla en el fondo de la vida: es fuerza vivificante frente a la muerte. El soplo respiratorio del hombre viene de Dios, y a él vuelve cuando una persona muere. También es huracán que arrasa o viento reconfortante. El mismo Espíritu se manifiesta particularmente en los profetas, críticos de los mecanismos del poder y del culto desviado y defensores de los desheredados; el Espíritu transforma a los jueces en promotores de la justicia por su fuerza socializadora.

El mismo Espíritu que fecunda a la Iglesia y a los cristianos creó el mundo y dio vida humana al «barro» en la pareja de Adán y Eva. El Espíritu es, pues, don de Dios, personalidad de Jesús, fuerza del evangelio, alma de la comunidad. Su donación en Pentecostés tiene como propósito crear comunidad («ruido» que conmociona, «voz» que interpela y «fuego» que calienta), abrirse a los pueblos y culturas, impulsar el testimonio y defender la justicia y la libertad.


BIBLIOGRAFÍA: Casiano Floristan, De Domingo a Domingo El Evangelio en los Tres Ciclos Litúrgicos, Sal Terrae, Santander 1993, pp 74-79


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