Homilía XXXII Domingo del Tiempo Ordinario Ciclo C (10 de noviembre de 2019)

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Homilías para el XXXII Domingo del Tiempo Ordinario Ciclo C (10 de noviembre de 2019)...

 Homilías XXXII Domingo del Tiempo Ordinario Ciclo C
10 de noviembre de 2019

 


Homilía de San Juan Pablo II

8 de noviembre de 1992

 

"Espero en la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro".

Celebramos hace pocos días la conmemoración solemne de todos los fieles difuntos; y estamos todavía en un clima de reflexión y de oración por nuestros queridos difuntos. La triste peregrinación que durante el mes de noviembre lleva a tanta gente a los cementerios es un gesto de piedad y afecto, y una manifestación coral de fe y comunión eclesial.

La Iglesia proclama, al mismo tiempo, su fe en Cristo vencedor de la muerte: "Espero la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro".

Estos dos artículos del Credo o Símbolo apostólico cobran un significado singular a la luz de la memoria de los fieles difuntos. Nos recuerdan que no nos encaminamos hacia la nada. Por el contrario, nuestra existencia tiene una meta precisa y la fe abre, en medio de la tristeza de la separación humana, el horizonte luminoso de una vida que va más allá de esta existencia terrena y que será el puerto de llegada de todos los hijos de Dios, en Jesucristo.

---La vida eterna

Las lecturas de la santa misa de este XXXII domingo del tiempo ordinario hablan de la resurrección de los muertos y de la vida del mundo futuro.

En el pasaje del Evangelio de Lucas algunos saduceos se dirigen a Jesús con una pregunta insidiosa. Niegan que haya resurrección de los muertos, y quieren lograr que Jesús tome una posición al respecto, pero Él les responde, como siempre, con una claridad cristalina.

El Señor afirma que los muertos resucitan. Ésta es la afirmación más importante y solemne. Observa: "Y que los muertos resucitan lo ha indicado también Moisés en lo de la zarza, cuando llama al Señor el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob. No es un Dios de muertos, sino de vivos, porque para él todos viven" (Lc 20,37-38).

Explica también cómo será la vida eterna, partiendo de la pregunta provocadora de los saduceos. A éstos, que con evidente ironía le preguntan de quién será esposa, después de la muerte, una mujer que tuvo durante su vida muchos maridos sucesivos, Jesús responde que los resucitados en el más allá "ni ellos tomarán mujer ni ellas marido, ni pueden ya morir, porque son como ángeles, y son hijos de Dios, siendo hijos de la resurrección" (Lc 20,35-36).

Así pues, en estas breves expresiones, el divino Maestro reafirma dos veces consecutivas la verdad de la resurrección, agregando claramente que la existencia, después de la muerte, será diferente de la existencia en la tierra: desaparecerá la procreación, necesaria en el tiempo, según las palabras del Creador: "Sed fecundos y multiplicaos y henchid la tierra y sometedla" (Gn 1,28). Y dado que la vida de los resucitados será semejante a la de los ángeles, nos da a entender que la persona humana estará libre de las necesidades relacionadas con la presente condición mortal.

Gracias a otros pasajes de la Sagrada Escritura y a la reflexión de los padres de la Iglesia sabemos que el paraíso constituye la respuesta más elevada a nuestra necesidad íntima de felicidad, a través de la posesión directa del Bien infinito: Dios.

San Agustín escribió: "ibi vacabimus, et videbimus; videbimus, et amabimus; amabimus, et laudabimus. Ecce quod erit in fine sine fine" (De civitate Dei, XXII, 30,5). En el paraíso "descansaremos y veremos; veremos y amaremos; amaremos y alabaremos. He aquí lo que habrá al fin sin fin".

---El sufrimiento por Cristo

Un ejemplo de fe inquebrantable en el más allá nos lo propone también la primera lectura, tomada del libro de los Macabeos. Es el relato de los siete hermanos que, junto con su madre, afrontaron heroicamente la muerte con tal de no violar las prescripciones de la ley mosaica. Lo dicen, casi lo gritan, al rey pagano que quería obligarlos a realizar una acción mala: "El rey del mundo, a nosotros que morimos por sus leyes, nos resucitará a una vida eterna" (2 Mc 7,9). Su testimonio heroico anticipa el testimonio de miles de mártires cristianos, orgullo y corona de la Iglesia primitiva. Muchos de ellos sacrificaron su vida, derramando su sangre por el Evangelio, precisamente en Roma.

El martirio a causa del Evangelio ha estado presente siempre en la Iglesia, y sigue estándolo aún hoy. Hay muchos otros martirios también en nuestro siglo. Se trata de una llamada divina singular dirigida a almas privilegiadas que, a través de la inmolación de su vida, imitan mucho más de cerca al Salvador Jesús, fecundando con el don total de sí mismas el amplio "campo de Dios" (1 Cor 3,9).

Aunque sólo a algunas personas se les pide este sacrificio extraordinario, todos los fieles que quieran servir a Cristo con generosidad auténtica, antes o después deberán sufrir, precisamente a causa de esa fidelidad, una especie de martirio: del corazón, de los sentidos, de la voluntad o de los sentimientos.

En las horas difíciles, teniendo presente la valentía de los mártires y de los santos, no hemos de olvidar nunca las palabras del Símbolo apostólico: "Espero en la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro" Son fuentes de fortaleza y esperanza; luz y apoyo en la prueba.

Sólo la certeza de la resurrección puede evitar que el creyente ceda frente a la seducción del mundo e imite a cuantos ponen toda su confianza en la condición mortal presente, preocupados únicamente de su interés inmediato.

San Pablo en la epístola a los Tesalonicenses dice: Aquel "que nos ha amado y que nos ha dado gratuitamente una consolación eterna y una esperanza dichosa, consuele vuestros corazones y los afiance en toda obra y palabra buena" (2 Tes 2,16-17).

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