Homilía XXX Domingo del Tiempo Ordinario Ciclo C (27 de octubre de 2019)

Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha.

Ciclo C
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Homilías para el XXX Domingo del Tiempo Ordinario Ciclo C (27 de octubre de 2019)...

 Homilías XXX Domingo del Tiempo Ordinario Ciclo C
27 de octubre de 2019


1. Homilía del Padre Raniero Cantalamessa, ofmcap

Sirácida 12-14. 16-18
2 Timoteo 4,6-8.16-18
Lucas 18, 9-14

El fariseo y el publicano

El Evangelio de este domingo es la parábola del fariseo y del publicano. Quien acuda a la iglesia el domingo oirá un comentario más o menos de este tipo. El fariseo representa el conservador que se siente en orden con Dios y con los hombres y mira con desprecio al prójimo. El publicano es la persona que ha errado, pero lo reconoce y pide por ello humildemente perdón a Dios; no piensa en salvarse por méritos propios, sino por la misericordia de Dios. La elección de Jesús entre estas dos personas no deja dudas, como indica el final de la parábola: este último vuelve a casa justificado, esto es, perdonado, reconciliado con Dios; el fariseo regresa a casa como había salido de ella: manteniendo su justicia, pero perdiendo la de Dios.

A fuerza de oírla y de repetirla yo mismo, esta explicación en cambio ha empezado a dejarme insatisfecho. No es que esté equivocada, pero ya no responde a los tiempos. Jesús decía sus parábolas para la gente que le escuchaba en aquel momento. En una cultura cargada de fe y religiosidad como aquella de Galilea y Judea del tiempo, la hipocresía consistía en ostentar la observancia de la ley y santidad, porque éstas eran las cosas que atraían el aplauso.

En nuestra cultura secularizada y permisiva, los valores han cambiado. Lo que se admira y abre camino al éxito es más bien lo contrario de otro tiempo: es el rechazo de las normas morales tradicionales, la independencia, la libertad del individuo. Para los fariseos la contraseña era «observancia» de las normas; para muchos, hoy, la contraseña es «trasgresión». Decir de un autor, de un libro o de un espectáculo que es «transgresor» es hacerle uno de los cumplidos más anhelados.

En otras palabras, hoy debemos dar la vuelta a los términos de la parábola, para salvaguardar la intención original. ¡Los publicanos de ayer son los nuevos fariseos de hoy! Actualmente es el publicano, el transgresor, quien dice a Dios: «Te doy gracias, Señor, porque no soy como aquellos fariseos creyentes, hipócritas e intolerantes, que se preocupan del ayuno, pero en la vida son peores que nosotros». Parece que hay quien paradójicamente ora así: «¡Te doy gracias, oh Dios, porque soy un ateo!».

Rochefoucauld decía que la hipocresía es el tributo que el vicio paga a la virtud. Hoy es frecuentemente el tributo que la virtud paga al vicio. Se tiende, de hecho, especialmente por parte de los jóvenes, a mostrarse peor y más desvergonzado de lo que se es, para no parecer menos que los demás.

Una conclusión práctica, válida tanto en la interpretación tradicional aludida al inicio como en la desarrollada aquí, es ésta. Poquísimos (tal vez nadie) están siempre del lado del fariseo o siempre del lado del publicano, esto es, justos en todo o pecadores en todo. La mayoría tenemos un poco de uno y un poco del otro. Lo peor sería comportarnos como el publicano en la vida y como el fariseo en el templo. Los publicanos eran pecadores, hombres sin escrúpulos que ponían dinero y negocios por encima de todo; los fariseos, al contrario, eran, en la vida práctica, muy austeros y observantes de la Ley. Nos parecemos, por lo tanto, al publicano en la vida y al fariseo en el templo si, como el publicano, somos pecadores y, como el fariseo, nos creemos justos.

Si tenemos que resignarnos a ser un poco el uno y el otro, entonces que al menos sea al revés: ¡fariseos en la vida y publicanos en el templo! Como el fariseo, intentemos no ser en la vida ladrones e injustos, procuremos observar los mandamientos y pagar las tasas; como el publicano, reconozcamos, cuando estamos en presencia de Dios, que lo poco que hemos hecho es todo don suyo, e imploremos, para nosotros y para todos, su misericordia.

 


 

2. Homilía del Papa Juan Pablo II 

23 de octubre de 1983

Sirácida 12-14. 16-18
2 Timoteo 4,6-8.16-18
Lucas 18, 9-14

 

"Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y las has revelado a la gente sencilla" (Mt 11,25).

Deseamos "bendecir" al padre por la revelación de los misterios divinos, por el designio divino de la salvación del hombre y del mundo: "cosas que ha revelado a la gente sencilla".

De todos los Apóstoles del Señor, fue Pablo de Tarso quien convirtió en misión universal la revelación recibida ante las murallas de Damasco, la convirtió en una gran obra misionera según escribe él mismo en la Carta a Timoteo: "Para anunciar íntegro el mensaje, de modo que lo oyeran todos los gentiles" (2 Tim 4,17). Al acercarnos a las Cartas paulinas descubrimos de modo nuevo la honda verdad de las palabras de Cristo cuando ordenó a los Apóstoles con la potencia de la cruz y resurrección: "Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo" (Mt 28,19).

--- La acción misionera de la Iglesia: requiere "batalla"

"He combatido bien la batalla" (2 Tim 4,7), nos ha dicho el mismo Pablo en la segunda lectura. ¿Cómo no descubrir en estas palabras un santo orgullo por haber cumplido el mandato misionero? Este aspecto "batallador" de la acción misionera se ha de entender bien, claro está; pero no hay duda de que debe formar parte esencial de la misma. Batalla espiritual que es preciso luchar con habilidad y valentía, dispuestos al sacrificio, hasta conseguir la victoria. ¿Qué victoria? La liberación de las almas por la Sangre de Cristo.

Es batalla en favor de las personas que todavía están lejos de la luz de Cristo; por tanto batalla cuyo móvil es el amor a quien está aún prisionero del error, la miseria, el mal.

Al ejemplo estimulante de Pablo se añade la voz apremiante de los pobres desconocedores del anuncio evangélico; a ellos debemos la palabra de salvación (cfr. Rom 1,14), del Evangelio que es poder de Dios para salvación de todo el que cree (cfr. Rom 1,16).

--- La acción misionera de la Iglesia: dirigida, preferentemente, a "los pobres"

"Si el afligido invoca al Señor, Él lo escucha" (Sal 33/34, 7a), proclama el estribillo del Salmo responsorial. Porque "los gritos de los pobres atraviesan las nubes y hasta alcanzar a Dios no descansa" (Sir 35,21).

Pero los pobres claman también a nosotros. Dios les escucha. ¡Escuchémosle igualmente nosotros! Y a ellos pertenece la "Buena Noticia". Nosotros la hemos recibido: debemos transmitirla a ellos, a los hambrientos de verdad, justicia y paz. Debemos hacerles llegar el verdadero significado de la vida donde se encuentren.

Y el esclarecimiento mejor de esta verdad se encuentra en el Evangelio de hoy, en la parábola del fariseo y el publicano. La "pobreza de espíritu" aquí es sinónimo de apertura interior a la luz y acción de Dios, al don de la salvación que llega al alma del hombre mediante la potencia de la cruz de Cristo por obra del Espíritu Santo.

A continuación llega también la misma justificación ante Dios, que obtuvo precisamente el publicano de la parábola de hoy, no el fariseo.

Aquí están, por tanto, las raíces más hondas de la misión salvífica de la Iglesia, y de ellas brota la obra misionera. Participa en esta misión la "Iglesia de los pobres", cuyo primer modelo es la Madre de Cristo y Reina de los Apóstoles. Pues en ella se hizo "pobre" el Hijo eterno de Dios e Hijo de María, que la enriquece infinitamente. Esta obra transmite sin cesar a los hombres y a los pueblos la pobreza que enriquece universalmente, pobreza que "revela" y transmite a la "gente sencilla" el Padre, Señor del cielo y de la tierra.

La obra de la Iglesia busca apoyo continuo en la oración, que es el más potente de todos los "medios de los pobres" del reino de Dios: "Los gritos del pobre atraviesan las nubes y hasta alcanzar a Dios no descansa" (Sir 35,21).

 

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