Homilía VI Domingo de Pascua Ciclo C (26 de mayo de 2019)

La paz os dejo, mi paz os doy

Ciclo C

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Homilías VI Domingo de Pascua Ciclo C (26 de mayo de 2019)...

 

 Homilías VI Domingo de Pascua Ciclo C
26 de mayo de 2019


Introducción

La Universalidad de la Salvación, el discurso de despedida de Jesús y la promesa del Espíritu Santo. resumen el mensaje de las lecturas que la liturgia nos ofrece para este VI Domingo de Pascua. 

Nos acercamos cada vez más a Pentecostés, y Jesús hoy, en su discurso de despedida (recordemos que el otro domingo celebraremos la Ascensión), quiere animar a sus discípulos para que no estén triste. Les deja la paz y una promesa que se cumplirá en Pentecostés: El Espíritu Santo vendrá.

La marcha del Maestro podía causar tristeza y miedo en su grupo de discípulos. Pero Jesús quiere que sigan teniendo paz y ánimos, y que más bien se alegren de que él vuelva al Padre, porque de alguna manera eso hará que les esté más presente en su vida futura: "la paz os dejo, mi paz os doy... no tiemble vuestro corazón ni se acobarde... si me amarais os alegraríais de que vaya al Padre"

Leamos cómo el Papa Benedicto XVI y el Padre Jorge Humberto Peláez nos introducen en este maravilloso mensaje que la Palabra de Dios quiere hacer llegar a cada uno de nosotros.

Homilía del Papa Benedicto XVI

Explanada del Santuario de Aparecida
VI Domingo de Pascua, 13 de mayo de 2007

 

Venerables hermanos en el episcopado;
queridos sacerdotes y vosotros todos, hermanas y hermanos en el Señor:

No hay palabras para expresar la alegría de encontrarme con vosotros para celebrar esta solemne eucaristía con ocasión de la apertura de la V Conferencia general del Episcopado latinoamericano y del Caribe. Saludo muy cordialmente a todos, en particular al arzobispo de Aparecida, monseñor Raymundo Damasceno Assis, al que agradezco las palabras que me ha dirigido en nombre de toda la asamblea, y a los cardenales presidentes de esta Conferencia general.

Saludo con deferencia a las autoridades civiles y militares que nos honran con su presencia. Desde este santuario extiendo mi pensamiento, con mucho afecto y oración, a todos los que están unidos espiritualmente a nosotros en este día, de modo especial a las comunidades de vida consagrada, a los jóvenes comprometidos en movimientos y asociaciones, a las familias, así como a los enfermos y a los ancianos. A todos les quiero decir: "Gracia a vosotros y paz de parte de Dios, Padre nuestro, y del Señor Jesucristo" (1 Co 1, 3).

Considero un don especial de la Providencia que esta santa misa se celebre en este tiempo y en este lugar. El tiempo es el litúrgico del sexto domingo de Pascua: ya está cerca la fiesta de Pentecostés y la Iglesia es invitada a intensificar la invocación al Espíritu Santo. El lugar es el santuario nacional de Nuestra Señora Aparecida, corazón mariano de Brasil: María nos acoge en este cenáculo y, como Madre y Maestra, nos ayuda a elevar a Dios una plegaria unánime y confiada.

Esta celebración litúrgica constituye el fundamento más sólido de la V Conferencia, porque pone en su base la oración y la Eucaristía, Sacramentum caritatis. En efecto, sólo la caridad de Cristo, derramada por el Espíritu Santo, puede hacer de esta reunión un auténtico acontecimiento eclesial, un momento de gracia para este continente y para el mundo entero.

Esta tarde tendré la posibilidad de tratar sobre los contenidos sugeridos por el tema de vuestra Conferencia. Ahora demos espacio a la palabra de Dios, que con alegría acogemos, con el corazón abierto y dócil, a ejemplo de María, Nuestra Señora de la Concepción, a fin de que, por la fuerza del Espíritu Santo, Cristo pueda "hacerse carne" nuevamente en el hoy de nuestra historia.
La primera lectura, tomada de los Hechos de los Apóstoles, se refiere al así llamado "Concilio de Jerusalén", que afrontó la cuestión de si a los paganos convertidos al cristianismo se les debería imponer la observancia de la ley mosaica. El texto, dejando de lado la discusión entre "los Apóstoles y los ancianos" (Hch 15, 4-21), refiere la decisión final, que se pone por escrito en una carta y se encomienda a dos delegados, a fin de que la entreguen a la comunidad de Antioquía (cf. Hch 15, 22-29).

Esta página de los Hechos de los Apóstoles es muy apropiada para nosotros, que hemos venido aquí para una reunión eclesial. Nos habla del sentido del discernimiento comunitario en torno a los grandes problemas que la Iglesia encuentra a lo largo de su camino y que son aclarados por los "Apóstoles" y por los "ancianos" con la luz del Espíritu Santo, el cual, como nos narra el evangelio de hoy, recuerda la enseñanza de Jesucristo (cf. Jn 14, 26) y así ayuda a la comunidad cristiana a caminar en la caridad hacia la verdad plena (cf. Jn 16, 13). Los jefes de la Iglesia discuten y se confrontan, pero siempre con una actitud de religiosa escucha de la palabra de Cristo en el Espíritu Santo. Por eso, al final pueden afirmar: "Hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros..." (Hch 15, 28).

Este es el "método" con que actuamos en la Iglesia, tanto en las pequeñas asambleas como en las grandes. No es sólo una cuestión de modo de proceder; es el resultado de la misma naturaleza de la Iglesia, misterio de comunión con Cristo en el Espíritu Santo. En el caso de las Conferencias generales del Episcopado latinoamericano y del Caribe, la primera, realizada en Río de Janeiro en 1955, recurrió a una carta especial enviada por el Papa Pío XII, de venerada memoria; en las demás, hasta la actual, fue el Obispo de Roma quien se dirigió a la sede de la reunión continental para presidir las fases iniciales.

Con sentimientos de devoción y agradecimiento dirigimos nuestro pensamiento a los siervos de Dios Pablo VI y Juan Pablo II que, en las Conferencias de Medellín, Puebla y Santo Domingo, testimoniaron la cercanía de la Iglesia universal a las Iglesias que están en América Latina y que constituyen, en proporción, la mayor parte de la comunidad católica.

"Hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros...". Esta es la Iglesia: nosotros, la comunidad de fieles, el pueblo de Dios, con sus pastores, llamados a hacer de guías del camino; junto con el Espíritu Santo, Espíritu del Padre enviado en nombre del Hijo Jesús, Espíritu de Aquel que es el "mayor" de todos y que nos fue dado mediante Cristo, que se hizo el "menor" por nuestra causa. Espíritu Paráclito, Ad-vocatus, Defensor y Consolador. Él nos hace vivir en la presencia de Dios, en la escucha de su Palabra, sin inquietud ni temor, teniendo en el corazón la paz que Jesús nos dejó y que el mundo no puede dar (cf. Jn 14, 26-27).

El Espíritu acompaña a la Iglesia en el largo camino que se extiende entre la primera y la segunda venida de Cristo: "Me voy y volveré a vosotros" (Jn 14, 28), dijo Jesús a los Apóstoles. Entre la "ida" y la "vuelta" de Cristo está el tiempo de la Iglesia, que es su Cuerpo; están los dos mil años transcurridos hasta ahora; están también estos poco más de cinco siglos en los que la Iglesia se ha hecho peregrina en las Américas, difundiendo en los fieles la vida de Cristo a través de los sacramentos y sembrando en estas tierras la buena semilla del Evangelio, que ha producido el treinta, el sesenta e incluso el ciento por uno. Tiempo de la Iglesia, tiempo del Espíritu Santo: Él es el Maestro que forma a los discípulos: los hace enamorarse de Jesús; los educa para que escuchen su palabra, para que contemplen su rostro; los configura con su humanidad bienaventurada, pobre de espíritu, afligida, mansa, sedienta de justicia, misericordiosa, pura de corazón, pacífica, perseguida a causa de la justicia (cf. Mt 5, 3-10).

Así, gracias a la acción del Espíritu Santo, Jesús se convierte en el "camino" por donde avanza el discípulo. "El que me ama guardará mi palabra", dice Jesús al inicio del pasaje evangélico de hoy. "La palabra que escucháis no es mía, sino del Padre que me ha enviado" (Jn 14, 23-24). Como Jesús transmite las palabras del Padre, así el Espíritu recuerda a la Iglesia las palabras de Cristo (cf. Jn 14, 26). Y como el amor al Padre llevaba a Jesús a alimentarse de su voluntad, así nuestro amor a Jesús se demuestra en la obediencia a sus palabras. La fidelidad de Jesús a la voluntad del Padre puede transmitirse a los discípulos gracias al Espíritu Santo, que derrama el amor de Dios en sus corazones (cf. Rm 5, 5).

El Nuevo Testamento nos presenta a Cristo como misionero del Padre. Especialmente en el evangelio de san Juan, Jesús habla muchas veces de sí mismo en relación con el Padre que lo envió al mundo. Del mismo modo, también en el texto de hoy. Jesús dice: "La palabra que escucháis no es mía, sino del Padre que me ha enviado" (Jn 14, 24). En este momento, queridos amigos, somos invitados a fijar nuestra mirada en él, porque la misión de la Iglesia subsiste solamente en cuanto prolongación de la de Cristo: "Como el Padre me envió, también yo os envío" (Jn 20, 21).

El evangelista pone de relieve, incluso de forma plástica, que esta transmisión de consignas acontece en el Espíritu Santo: "Sopló sobre ellos y les dijo: "Recibid el Espíritu Santo..."" (Jn 20, 22). La misión de Cristo se realizó en el amor. Encendió en el mundo el fuego de la caridad de Dios (cf. Lc 12, 49). El Amor es el que da la vida; por eso la Iglesia es enviada a difundir en el mundo la caridad de Cristo, para que los hombres y los pueblos "tengan vida y la tengan en abundancia" (Jn 10, 10). También a vosotros, que representáis a la Iglesia en América Latina, tengo la alegría de entregaros de nuevo idealmente mi encíclica Deus caritas est, con la cual quise indicar a todos lo que es esencial en el mensaje cristiano.

La Iglesia se siente discípula y misionera de este Amor: misionera sólo en cuanto discípula, es decir, capaz de dejarse atraer siempre, con renovado asombro, por Dios que nos amó y nos ama primero (cf. 1 Jn 4, 10). La Iglesia no hace proselitismo. Crece mucho más por "atracción": como Cristo "atrae a todos a sí" con la fuerza de su amor, que culminó en el sacrificio de la cruz, así la Iglesia cumple su misión en la medida en que, asociada a Cristo, realiza su obra conformándose en espíritu y concretamente con la caridad de su Señor.

Queridos hermanos y hermanas, este es el rico tesoro del continente latinoamericano; este es su patrimonio más valioso: la fe en Dios Amor, que reveló su rostro en Jesucristo. Vosotros creéis en el Dios Amor: esta es vuestra fuerza, que vence al mundo, la alegría que nada ni nadie os podrá arrebatar, la paz que Cristo conquistó para vosotros con su cruz. Esta es la fe que hizo de Latinoamérica el "continente de la esperanza".

No es una ideología política, ni un movimiento social, como tampoco un sistema económico; es la fe en Dios Amor, encarnado, muerto y resucitado en Jesucristo, el auténtico fundamento de esta esperanza que produjo frutos tan magníficos desde la primera evangelización hasta hoy.

Así lo atestigua la serie de santos y beatos que el Espíritu suscitó a lo largo y ancho de este continente. El Papa Juan Pablo II os convocó para una nueva evangelización, y vosotros respondisteis a su llamado con la generosidad y el compromiso que os caracterizan. Yo os lo confirmo y con palabras de esta V Conferencia os digo: sed discípulos fieles, para ser misioneros valientes y eficaces.

La segunda lectura nos ha presentado la grandiosa visión de la Jerusalén celeste. Es una imagen de espléndida belleza, en la que nada es simplemente decorativo, sino que todo contribuye a la perfecta armonía de la ciudad santa. Escribe el vidente Juan que esta "bajaba del cielo, enviada por Dios trayendo la gloria de Dios" (Ap 21, 10). Pero la gloria de Dios es el Amor; por tanto, la Jerusalén celeste es icono de la Iglesia entera, santa y gloriosa, sin mancha ni arruga (cf. Ef 5, 27), iluminada en el centro y en todas partes por la presencia de Dios-Caridad. Es llamada "novia", "la esposa del Cordero" (Ap 20, 9), porque en ella se realiza la figura nupcial que encontramos desde el principio hasta el fin en la revelación bíblica. La Ciudad-Esposa es patria de la plena comunión de Dios con los hombres; ella no necesita templo alguno ni ninguna fuente externa de luz, porque la presencia de Dios y del Cordero es inmanente y la ilumina desde dentro.

Este icono estupendo tiene un valor escatológico: expresa el misterio de belleza que ya constituye la forma de la Iglesia, aunque aún no haya alcanzado su plenitud. Es la meta de nuestra peregrinación, la patria que nos espera y por la cual suspiramos. Verla con los ojos de la fe, contemplarla y desearla, no debe ser motivo de evasión de la realidad histórica en que vive la Iglesia compartiendo las alegrías y las esperanzas, los dolores y las angustias de la humanidad contemporánea, especialmente de los más pobres y de los que sufren (cf. Gaudium et spes, 1).

Si la belleza de la Jerusalén celeste es la gloria de Dios, o sea, su amor, es precisamente y solamente en la caridad como podemos acercarnos a ella y, en cierto modo, habitar en ella. Quien ama al Señor Jesús y observa su palabra experimenta ya en este mundo la misteriosa presencia de Dios uno y trino, como hemos escuchado en el evangelio: "Vendremos a él y haremos morada en él" (Jn 14, 23). Por eso, todo cristiano está llamado a ser piedra viva de esta maravillosa "morada de Dios con los hombres". ¡Qué magnífica vocación!

Una Iglesia totalmente animada y movilizada por la caridad de Cristo, Cordero inmolado por amor, es la imagen histórica de la Jerusalén celeste, anticipación de la ciudad santa, resplandeciente de la gloria de Dios. De ella brota una fuerza misionera irresistible, que es la fuerza de la santidad.

Que la Virgen María alcance para América Latina y el Caribe la gracia de revestirse de la fuerza de lo alto (cf. Lc 24, 49) para irradiar en el continente y en todo el mundo la santidad de Cristo. A él sea dada gloria, con el Padre y el Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén.

Homilía del Jorge Humberto Peláez Piedrahita, S.J.

- Hechos de los Apóstoles 15, 1-2. 22-29
- Apocalipsis 21, 10-14. 22-23
- Juan 14, 23-29

• Cuando leemos el texto de los Hechos de los Apóstoles, nos sorprende la actualidad de su mensaje pues, aunque describe una situación particular vivida por la Iglesia Apostólica, establece criterios que siguen siendo válidos para resolver tensiones que afectan la vida de las comunidades. En pocas palabras, resumamos la situación:

- El ímpetu evangelizador de los primeros cristianos había superado las fronteras del entorno cultural judío, y la Buena Noticia de Jesucristo era proclamada a los paganos. Esta apertura suscitó malestar entre los judíos que se habían bautizado, quienes se sentían los herederos legítimos de la promesa.

- En este contexto de una apertura intercultural incipiente para la cual no estaban preparados, se encendió una chispa que desató un incendio que pudo haber sido devastador. Leemos en los Hechos de los Apóstoles: “Viajaron de Judea a Antioquía unos discípulos y se pusieron a enseñar a los hermanos que, si no se circuncidaban de acuerdo con la ley de Moisés, no podrían salvarse”. Estos judíos convertidos al Cristianismo se habían atribuido el derecho de establecer unas aduanas obligatorias para los paganos bautizados. Cumplir con las exigencias de la ley judía era un prerrequisito necesario para formar parte de la comunidad de los bautizados.

- Esta pretensión era inaceptable. Jesús había anunciado un Reino en el que la salvación era un don y no el producto final del cumplimiento de unas normas. Por eso no debe escandalizarnos que los Hechos de los Apóstoles nos cuenten que “esto provocó un altercado y una violenta discusión con Pablo y Bernabé”. Estos dos Apóstoles, adalides de la universalidad del Evangelio, rechazaban cualquier tipo de aduana u obligación que pretendiera imponerse.

- Estamos, pues, ante el primer conflicto que enfrentó a los cristianos. Es interesante destacar que esta tensión se produce entre dos grupos que están dentro de la Iglesia, que han respondido con generosidad al llamamiento del Señor. Esta situación se repetirá muchísimas veces en la historia de la Iglesia: sostienen diversas posiciones grupos que están dentro de la Iglesia, que la aman, que se sienten responsables de conservar la fidelidad a la Tradición recibida.

- Basta conocer superficialmente la historia de la Iglesia para identificar apasionadas discusiones sobre temas doctrinales, morales y disciplinares. La tentación más obvia es querer descalificar al que piensa diferente, y estigmatizarlo como traidor…

• ¿Cómo manejaron Pablo y Bernabé esta explosiva situación? Como sabios expertos en resolución de conflictos, decidieron consultar a un tribunal de arbitramento. Y acudieron al más cualificado. Nos dice el texto de los Hechos de los Apóstoles: “Al fin se decidió que Pablo y Bernabé y algunos más fueran a Jerusalén para tratar el asunto con los Apóstoles y los presbíteros”.

• Esta sabia decisión condujo al Concilio de Jerusalén, reunido hacia el año 49 DC. Así comienza la historia de los Concilios y los Sínodos, una maravillosa expresión del gobierno colegial de la Iglesia, que ha conocido momentos de esplendor tanto en Oriente como en Occidente, pues allí han madurado los grandes pronunciamientos de la Iglesia en cuanto a la doctrina, la moral, la disciplina eclesiástica y la acción pastoral.

• El Papa Francisco ha dado orientaciones muy precisas para el fortalecimiento de la Colegialidad en el gobierno de la Iglesia universal, siguiendo así las pautas del Concilio Vaticano II, que no fueron implementadas en su totalidad por causa de un excesivo centralismo. El Papa Francisco desea empoderar a las Conferencias Episcopales, y las exhorta a que resuelvan los problemas concretos de sus comunidades sin necesidad de acudir a las estructuras centrales del gobierno de la Iglesia.

• ¿Cómo resuelve el Concilio de Jerusalén la conflictiva situación que era causa de división dentro de la comunidad? La fórmula utilizada nos impacta por su solemnidad y pragmatismo: “El Espíritu Santo y nosotros hemos decidido no imponerles más cargas que las estrictamente necesarias”.

• En concreto, ¿cuál es la solución? Es una opción por lo esencial de la relación con Cristo, sin enredarse en el cumplimiento de unas normas que tuvieron sentido en un momento determinado, pero que han sido superadas por la novedad que inaugura Cristo. Ciertamente, debemos ser respetuosos de las normas jurídicas, pues ellas establecen las reglas de juego para la convivencia social. El ordenamiento jurídico nos impide caer en la arbitrariedad y el caos. Ahora bien, la sociedad debe tener la sabiduría para modificar su ordenamiento jurídico, de manera que pueda resolver las situaciones nuevas que se van presentando.

• El Papa Francisco, hombre de oración y pastor muy cercano a las ovejas, ha identificado cuáles son aquellas situaciones humanas que no han podido ser resueltas por la acción pastoral de la Iglesia porque Ésta – la Iglesia – ha estado atrapada por unos complejos discursos que la han desconectado de la vida diaria de los bautizados. Permaneciendo fiel a la Tradición – aunque sus opositores afirman lo contrario – ha encontrado en la Misericordia la llave liberadora que abre las puertas de la participación a tantos fieles que se sentían excluidos. Francisco, fiel a la inspiración del Concilio de Jerusalén, no quiere establecer requisitos agobiantes ni levantar muros que separen.

 

 

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