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Jue, May

Homilía Jueves Santo en la Cena del Señor (18 de abril de 2019)

Haced esto en memoria mía

Ciclo C

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Homilía para el Jueves Santo en la Cena del Señor (18 de abril de 2019)

 Homilías Jueves Santo en la Cena del Señor
18 de abril de 2019


Importante leer también: Jueves Santo, Última Cena y Lavatorio de los pies- Reflexiones interesantes!

1. San Antonio de Padua

Sermón para el Jueves santo

«Yo estoy en medio de vosotros como el que sirve» (Lc 22,27)

«Jesús se levantó de la cena, se quitó sus vestidura y, tomando una toalla, se la ciñó. Luego, puso agua en un lebrillo y comenzó a lavar los pies de los discípulos y a secárselos con la toalla con que estaba ceñido.» (Jn 13, 4 5) Se lee en el Génesis: «Voy a traer un poco de agua para que os lavéis los pies; y descanséis debajo del árbol. Traeré un bocado de pan para que recobréis fuerzas» (Gen 18, 4 5). Lo que Abraham hizo a los tres ángeles, Cristo lo hizo a sus santos apóstoles, mensajeros de la verdad, que habrían predicado en todo el mundo la fe en la santa Trinidad.

Se inclinó ante sus pies como un esclavo y, así encorvado, les lavó los pies.
¡Oh incomprensible humildad! ¡Oh inefable dignación! Aquel que en el cielo es adorado por los ángeles, se inclina a los pies de los pescadores. Aquella cabeza que hace temblar a los ángeles, se encorva ante los pies de los pobres. Por esto Pedro se asustó…

Después de haberles lavado los pies, los hizo descansar bajo el árbol, que era El mismo. «Me senté a la sombra de aquel a quien tanto deseaba; y sus frutos o sea, su cuerpo y su sangre son dulces a mi paladar» (Cant 2, 3). Este es el bocado de pan, que puso delante de ellos y con el cual corroboró sus corazones, para soportar las fatigas.

Así dice Isaías: «El Señor de los ejércitos preparará en este monte un banquete de manjares suculentos y un banquete de vinos refinados, de manjares exquisitos y de vinos purificados» (Is 25, 6)… Es lo que hace hoy la iglesia universal, para la cual Cristo preparó hoy en el monte Sión un banquete espléndido y suntuoso, con una doble riqueza: interior y exterior, y abundante. Les dio su verdadero cuerpo, rico en todo poder espiritual y alimentado con la caridad interior y exterior; y mandó que fuera dado también a los que creerían en El.

2. Santa Catalina de Siena

Carta 52

«Os he dado ejemplo, para que también vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros» (Jn 13,15)

«Ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros, antes de padecer» (Lc 22,15). Acordándome de estas palabras de nuestro Salvador, si me preguntáis qué Pascua deseo tener con vosotros a mi vuelta, os responderé: la Pascua del Cordero inmolado, la misma que Él hizo de sí mismo, cuando se dio a sus discípulos. ¡Oh manso cordero pascual, preparado por el fuego del amor de Dios sobre la cruz santísima! ¡Alimento divino, fuente de felicidad, de alegría y de consuelo! Nada falta, ya que para tus servidores tú mismo te hiciste mesa, alimento y servidor… El Verbo, el Hijo único de Dios, se entregó con un inmenso fuego de amor.

¿Quién nos presenta la Pascua hoy? El Espíritu Santo servidor. A causa del amor sin medida que nos tiene, no se contentó con que otros nos sirvieran, sino que él mismo quiere ser nuestro servidor. Es en esta mesa donde mi alma desea estar… para comer la pascua antes de morir… Sabed que en esta mesa, es bueno que nos presentemos a la vez desnudos y vestidos: desnudos de todo amor propio, de todo atractivo por este mundo, de toda negligencia y de toda tristeza – porque una mala tristeza deseca el alma – y revestidos de esta caridad ardiente de Cristo…

Cuando el alma contempla a su creador y esta bondad infinita que encuentra en él, no puede dejarle de amar… En seguida, ama lo que Dios ama y detesta aquello que le desagrada, porque por amor se despojó de mismo… Por deseo de nuestra salvación y del honor de su Padre, Cristo se humilló y se entregó a una muerte ignominiosa en la cruz, loco por amor, ebrio y enamorado de nosotros. Esta es la Pascua que deseo celebrar a mi vuelta.

3. San Juan-María Vianney (Cura de Ars)

Sermón para el Jueves Santo

«Los amó hasta el extremo» (Jn 13,1)

¡Qué amor, qué caridad la de nuestro Señor Jesucristo al escoger la vigilia del día en que habían de hacerle morir para instituir un sacramento por el cual iba a quedarse entre nosotros, para ser nuestro Padre, nuestro Consolador y toda nuestra felicidad! Más felices somos nosotros que los que vivían en tiempo de su vida mortal en que él no estaba en un lugar fijo, en que era necesario desplazarse lejos para tener la dicha de verle; hoy le encontramos en todas los lugares del mundo, y esta dicha se me ha prometido ser realidad hasta que se acabe el mundo. ¡Oh amor inmenso de un Dios por sus criaturas!

No, nada puede hacerle parar cuando se trata de mostrarnos la grandeza de su amor. En este momento, dichoso para nosotros, toda Jerusalén esta ardiendo, todo el populacho hecho una furia, todos conspiran su perdición, todos quieren se derrame su sangre adorable –y es precisamente en este momento- que él les prepara, igual que a nosotros, la prueba más inefable de su amor.

4. Homilía del Santo Padre Francisco

Jueves Santo, 24 de marzo de 2016

Los gestos hablan más que las imágenes y las palabras. Los gestos. Hay, en esta Palabra de Dios que hemos leídos, dos gestos: Jesús que sirve, que lava los pies. Él, que era el jefe, lava los pies a los demás, a los suyos, a los más pequeños. El segundo gesto: Judas que se dirige a los enemigos de Jesús, a los que no quieren la paz con Jesús, para recoger el dinero con el que lo traicionó, las 30 monedas. Dos gestos. También hoy tenemos dos gestos: el primero es el de esta tarde: todos nosotros, juntos, musulmanes, hindúes, católicos, coptos, evangélicos, pero hermanos, hijos del mismo Dios, que queremos vivir en paz, integrados. El otro gesto es el de hace tres días: un gesto de guerra, de destrucción en una ciudad de Europa, de gente que no quiere vivir en paz. Pero detrás de ese gesto, como detrás de Judas, estaban otros. Detrás de Judas estaban los que dieron el dinero para que Jesús fuese entregado. Detrás de ese gesto de hace tres días en esa capital europea, están los fabricantes, los traficantes de armas que quieren la sangre, no la paz; que quieren la guerra, no la fraternidad.

Dos gestos iguales: por una parte Jesús lava los pies, mientras Judas vende a Jesús por dinero; y por otra parte vosotros, nosotros, todos juntos, de diversas religiones, diversas culturas, pero hijos del mismo Padre, hermanos, mientras que aquellos pobres hombres compran las armas para destruir la fraternidad. Hoy, en este momento, cuando yo realizaré el mismo gesto de Jesús de lavar los pies a vosotros doce, todos nosotros estamos realizando el gesto de la fraternidad, y todos nosotros decimos: «Somos distintos, somos diferentes, tenemos diferentes culturas y religiones, pero somos hermanos y queremos vivir en paz». Y este es el gesto que yo realizo hoy con vosotros. Cada uno de nosotros carga con una historia, cada uno de vosotros carga con una historia: muchas cruces, muchos dolores, pero también tienen un corazón abierto que quiere la fraternidad. Cada uno, en su lengua religiosa, ore al Señor para que esta fraternidad contagie el mundo, para que no existan las 30 monedas para matar al hermano, para que siempre exista la fraternidad y la bondad. Así sea.

 

5. Homilía de su Santidad Benedicto XVI

Jueves santo 13 de abril

Queridos hermanos en el episcopado y en el sacerdocio;
queridos hermanos y hermanas:

"Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo" (Jn 13, 1). Dios ama a su criatura, el hombre; lo ama también en su caída y no lo abandona a sí mismo. Él ama hasta el fin. Lleva su amor hasta el final, hasta el extremo: baja de su gloria divina. Se desprende de las vestiduras de su gloria divina y se viste con ropa de esclavo. Baja hasta la extrema miseria de nuestra caída. Se arrodilla ante nosotros y desempeña el servicio del esclavo; lava nuestros pies sucios, para que podamos ser admitidos a la mesa de Dios, para hacernos dignos de sentarnos a su mesa, algo que por nosotros mismos no podríamos ni deberíamos hacer jamás.

Dios no es un Dios lejano, demasiado distante y demasiado grande como para ocuparse de nuestras bagatelas. Dado que es grande, puede interesarse también de las cosas pequeñas. Dado que es grande, el alma del hombre, el hombre mismo, creado por el amor eterno, no es algo pequeño, sino que es grande y digno de su amor. La santidad de Dios no es sólo un poder incandescente, ante el cual debemos alejarnos aterrorizados; es poder de amor y, por esto, es poder purificador y sanador.

Dios desciende y se hace esclavo; nos lava los pies para que podamos sentarnos a su mesa. Así se revela todo el misterio de Jesucristo. Así resulta manifiesto lo que significa redención. El baño con que nos lava es su amor dispuesto a afrontar la muerte. Sólo el amor tiene la fuerza purificadora que nos limpia de nuestra impureza y nos eleva a la altura de Dios. El baño que nos purifica es él mismo, que se entrega totalmente a nosotros, desde lo más profundo de su sufrimiento y de su muerte.

Él es continuamente este amor que nos lava. En los sacramentos de la purificación -el Bautismo y la Penitencia- él está continuamente arrodillado ante nuestros pies y nos presta el servicio de esclavo, el servicio de la purificación; nos hace capaces de Dios. Su amor es inagotable; llega realmente hasta el extremo.

"Vosotros estáis limpios, pero no todos", dice el Señor (Jn 13, 10). En esta frase se revela el gran don de la purificación que él nos hace, porque desea estar a la mesa juntamente con nosotros, de convertirse en nuestro alimento. "Pero no todos": existe el misterio oscuro del rechazo, que con la historia de Judas se hace presente y debe hacernos reflexionar precisamente en el Jueves santo, el día en que Jesús nos hace el don de sí mismo. El amor del Señor no tiene límites, pero el hombre puede ponerle un límite.

"Vosotros estáis limpios, pero no todos": ¿Qué es lo que hace impuro al hombre? Es el rechazo del amor, el no querer ser amado, el no amar. Es la soberbia que cree que no necesita purificación, que se cierra a la bondad salvadora de Dios. Es la soberbia que no quiere confesar y reconocer que necesitamos purificación.

En Judas vemos con mayor claridad aún la naturaleza de este rechazo. Juzga a Jesús según las categorías del poder y del éxito: para él sólo cuentan el poder y el éxito; el amor no cuenta. Y es avaro: para él el dinero es más importante que la comunión con Jesús, más importante que Dios y su amor. Así se transforma también en un mentiroso, que hace doble juego y rompe con la verdad; uno que vive en la mentira y así pierde el sentido de la verdad suprema, de Dios. De este modo se endurece, se hace incapaz de conversión, del confiado retorno del hijo pródigo, y arruina su vida.

"Vosotros estáis limpios, pero no todos". El Señor hoy nos pone en guardia frente a la autosuficiencia, que pone un límite a su amor ilimitado. Nos invita a imitar su humildad, a tratar de vivirla, a dejarnos "contagiar" por ella. Nos invita -por más perdidos que podamos sentirnos- a volver a casa y a permitir a su bondad purificadora que nos levante y nos haga entrar en la comunión de la mesa con él, con Dios mismo.

Reflexionemos sobre otra frase de este inagotable pasaje evangélico: "Os he dado ejemplo..." (Jn 13, 15); "También vosotros debéis lavaros los pies unos a otros" (Jn 13, 14). ¿En qué consiste el "lavarnos los pies unos a otros"? ¿Qué significa en concreto? Cada obra buena hecha en favor del prójimo, especialmente en favor de los que sufren y los que son poco apreciados, es un servicio como lavar los pies. El Señor nos invita a bajar, a aprender la humildad y la valentía de la bondad; y también a estar dispuestos a aceptar el rechazo, actuando a pesar de ello con bondad y perseverando en ella.

Pero hay una dimensión aún más profunda. El Señor limpia nuestra impureza con la fuerza purificadora de su bondad. Lavarnos los pies unos a otros significa sobre todo perdonarnos continuamente unos a otros, volver a comenzar juntos siempre de nuevo, aunque pueda parecer inútil. Significa purificarnos unos a otros soportándonos mutuamente y aceptando ser soportados por los demás; purificarnos unos a otros dándonos recíprocamente la fuerza santificante de la palabra de Dios e introduciéndonos en el Sacramento del amor divino.

El Señor nos purifica; por esto nos atrevemos a acercarnos a su mesa. Pidámosle que nos conceda a todos la gracia de poder ser un día, para siempre, huéspedes del banquete nupcial eterno. Amén.

 

6. Homilía de San Juan Pablo II

Basílica de San Pedro, Jueves santo 8 de abril de 2004

1. "Los amó hasta el extremo" (Jn 13, 1).

Antes de celebrar la última Pascua con sus discípulos, Jesús les lavó los pies. Con un gesto que normalmente correspondía a los esclavos, quiso grabar en la mente de los Apóstoles el sentido de lo que sucedería poco después.

En efecto, la pasión y la muerte constituyen el servicio de amor fundamental con el que el Hijo de Dios libró a la humanidad del pecado. Al mismo tiempo, la pasión y la muerte de Cristo revelan el sentido profundo del nuevo mandamiento que dio a los Apóstoles: "Amaos los unos a los otros como yo os he amado" (Jn 13, 34).

2. "Haced esto en conmemoración mía" (1 Co 11, 24. 25), dijo dos veces, distribuyendo el pan convertido en su Cuerpo y el vino convertido en su Sangre. "Os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis" (Jn 13, 15), había recomendado poco antes, tras haber lavado los pies a los Apóstoles. Así pues, los cristianos saben que deben "hacer memoria" de su Maestro prestándose recíprocamente el servicio de la caridad: "lavarse los pies unos a otros". En particular, saben que deben recordar a Jesús repitiendo el "memorial" de la Cena con el pan y el vino consagrados por el ministro, el cual repite sobre ellos las palabras pronunciadas en aquella ocasión por Cristo.

Esto lo comenzó a hacer la comunidad cristiana desde los inicios, como hemos escuchado en el testimonio de san Pablo: "Cada vez que coméis de este pan y bebéis del cáliz, proclamáis la muerte del Señor hasta que vuelva" (1 Co 11, 26).

3. Por consiguiente, la Eucaristía es memorial en sentido pleno: el pan y el vino, por la acción del Espíritu Santo, se convierten realmente en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, que se entrega para ser alimento del hombre en su peregrinación terrena. La misma lógica de amor motiva la encarnación del Verbo en el seno de María y su presencia en la Eucaristía. Es el ágape, la cáritas, el amor, en el sentido más hermoso y puro. Jesús pidió insistentemente a sus discípulos que permanecieran en este amor suyo (cf. Jn 15, 9).

Para mantenerse fieles a esta consigna, para permanecer en él como sarmientos unidos a la vid, para amar como él amó, es necesario alimentarse de su Cuerpo y de su Sangre. Al decir a los Apóstoles: "Haced esto en conmemoración mía", el Señor unió la Iglesia al memorial vivo de su Pascua. Aun siendo el único sacerdote de la nueva alianza, quiso tener necesidad de hombres que, consagrados por el Espíritu Santo, actuaran en íntima unión con su Persona, distribuyendo el Pan de vida.

4. Por eso, a la vez que fijamos nuestra mirada en Cristo que instituye la Eucaristía, tomemos nuevamente conciencia de la importancia de los presbíteros en la Iglesia y de su unión con el Sacramento eucarístico. En la Carta que he escrito a los sacerdotes para este día santo he querido repetir que el Sacramento del altar es don y misterio, que el sacerdocio es don y misterio, pues ambos brotaron del Corazón de Cristo durante la última Cena.

Sólo una Iglesia enamorada de la Eucaristía engendra, a su vez, santas y numerosas vocaciones sacerdotales. Y lo hace mediante la oración y el testimonio de santidad, dado especialmente a las nuevas generaciones.

5. En la escuela de María, "mujer eucarística", adoremos a Jesús realmente presente en las humildes especies del pan y del vino. Supliquémosle que no cese de llamar al servicio del altar a sacerdotes según su corazón.

Pidamos al Señor que nunca falte al pueblo de Dios el Pan que lo sostenga a lo largo de su peregrinación terrena. Que la Virgen santísima nos ayude a redescubrir con asombro que toda la vida cristiana está unida al mysterium fidei, que celebramos solemnemente esta tarde.

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