Homilía Domingo de Ramos Ciclo C (14 de abril de 2019)

Ciclo C

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Homilía Domingo de Ramos  Ciclo C, 14 de abril de 2019...

 Homilía Domingo de Ramos Ciclo C
14 de abril de 2019

 


Comentando las Lecturas de Hoy

Las Palmas y la Cruz:  Jeursalén y el Calvario


Con el Domingo de Ramos en la Pasión, damos inicio a la Semana Santa, Semana Grande o Semana Mayor. Hay un doble sentimiento siempre a la llegada de estas celebraciones. Muchos las esperamos con ansias porque nos permiten acompañar a Cristo en su pasión y muerte y nos fortalece en nuestra esperanza, pues el triunfo de Cristo sobre la muerte es también nuestra victoria. La resurrección de Cristo nos anima en nuestro calvario, porque sabemos que después de este valle de lágrimas, si estamos unidos a Jesús, también participaremos de su resurrección. Pero hay un segundo grupo, aquel que se desespera porque llegue pronto la Semana Santa, porque le sabe a vacaciones, y son aquellos que se van a las playas, a los diferentes lugares turísticos, hacen fiestas, se emborrachan, participan de eventos sociales… son aquellos a los que la muerte y resurrección de Cristo les da igual, y el Viernes Santo prefieren estar en una playa y no en el calvario; son aquellos que el Domingo de Pascua están tristes porque se acabó la vacación. Y vale la pena aclarar que hay un tercer grupo, aquel que combina a los dos anteriores: participa de algunas celebraciones religiosas, y tal vez asiste al Vía Crucis y Santo Entierro, pero el sábado amanece haciendo turismo; participan de la muerte de Cristo, pero no de su resurrección.



Y ese contraste se refleja perfectamente ahora en los dos escenarios que leemos del Santo Evangelio de San Mateo. Primero el relato de la entrada triunfante de Cristo a Jerusalén, donde es reconocido como Mesías «Es Jesús, el profeta de Nazaret de Galilea», aclamado y vitoreado por una gran multitud que extendía sus mantos y con ramas de árboles alfombraban el camino por donde iba a pasar Jesús, al tiempo que gritaban jubilosos «¡viva el hijo de David!». «¡Bendito el que viene en nombre del Señor!». «¡Viva el Altísimo!». Es maravilloso el escenario al que nos traslada el Evangelio; una gran celebración, digna del Mesías, y al leerla e imaginársela cómo fue, dan ganas de gritar con ese pueblo y aplaudir a Jesús entrando a Jerusalén. Pero luego viene el segundo relato, el que nos describe la Pasión de Cristo, comenzando por la negociación de Judas con los sumos sacerdotes, hasta su muerte en el calvario y su sepultura. Dos escenarios en un mismo día, que le dan un sabor agridulce a nuestra celebración. Un contraste chocante, pero que pinta realmente el contraste mismo con el que no pocos vivimos nuestro cristianismo. Muchos de los que recibieron a Jesús y gritaban jubilosos «¡viva el hijo de David!», el viernes cambiaron sus aclamaciones por “¡crucifícalo!”, “¡crucifícalo!”, “¡crucifícalo!” con una voz mucho más fuerte. Muchos le aclamaron como el Mesías, le reconocieron como el profeta de Nazaret de Galilea, pero el viernes lo verán como un delincuente al que hay que darle muerte, cambiaron el “viva” por “mátalo”. Y esa es la realidad de nuestro cristianismo. Muchos cristianos al ver las películas de la Pasión nos damos golpes de pecho y juzgamos mal a quienes crucificaron a Cristo, diciendo que fueron unos asesinos, infames, impíos, que se equivocaron al matar a Jesús, que cómo fue eso posible, que si en nuestros tiempos Cristo hubiera venido, no le habríamos hecho lo mismo. Grave error de apreciación: Jesús sigue viniendo y lo seguimos matando. Jesús sigue su pasión porque nosotros lo seguimos condenando a muerte en nuestros hermanos. El contraste del Domingo de Ramos se sigue repitiendo en nuestra historia personal, porque con la misma boca con la que le aclamamos y bendecimos en la misa, con esa misma le insultamos y ofendemos al salir de la Iglesia. Porque cantamos “Santo, Santo, Santo”, “Hosanna, hosanna, hosanna” en nuestra misa, pero matamos a Cristo en nuestros hermanos los hombres. Ese cordero obediente, inocente que es llevado al calvario, sigue muriendo en tantos millones y millones de niños inocentes que mueren en el vientre de una madre, por el aborto. Y muchas de esas madres que abortan alaban a Cristo en una Iglesia; es más, hay asociaciones pro-abortistas que hasta nombres católicos les dan a sus agrupaciones. Muchos implicados directa o indirectamente en el aborto también le tienden mantos a Jesús y le gritan vivas en una Iglesia, pero el viernes le crucifican sin piedad...

Hace algunos años salía en un canal de televisión una noticia muy curiosa: el presentador del noticiero decía algo así como "Y desde el Monte de los Olivos se nos informa que Jesús de Nazareth ha sido arrestado y será presentado ante las autoridades judías para responder por varios delitos de los que se le acusa. Aunque uno de los miembros de la banda que había formado opuso resistencia, Jesús se dejó arrestar pacíficamente... Les mantendremos informados sobre los detalles de estos acontecimientos". Y es que, en realidad, si el arresto de Jesús hubiera sido en nuestros tiempos, los grandes noticieros internacionales llenarían sus portadas con titulares alusivos, del color y tamaño que ustedes ya se imaginan, porque estamos acostumbrados ya a este tipo de noticias todos los días. Hay países en los que la violencia ha provocado que los noticieros estén llenos de noticias sobre asesinatos, robos, extorsión, enfrentamientos armados y cosas parecidas. Pero en los mismos medios de comunicación se le crea fama al que más violencia genera, al más matón, al que actúa con más violencia. Al contrario, Jesús hoy nos da una lección de paz; pone en práctica el mismo mandato que él nos había dejado antes "Al que te golpee la mejilla izquierda, preséntale también la otra". Por eso, en vez de aparecer montado sobre un caballo, típica cabalgadura de guerra de esa época, el Señor entra en Jerusalén a lomos de una borrica. No viene para imponer su Reino con la violencia o el poder. Su realeza mesiánica se manifestará de un modo diferente. Por eso se deja arrestar pacíficamente, para hacer cumplir las Escrituras y en obediencia a la voluntad de su Padre. A lo mejor eso sería un impedimento para que su arresto ocupe las primeras portadas de los grandes noticieros.

Pero Jesús sigue siendo noticia, sigue siendo Buena Nueva de salvación para los cristianos. Por eso comencemos dignamente esta Semana Santa; que realmente sea "Santa" y no pagana. Que acompañemos a Jesús en su Pasión y Muerte, pero que celebremos a lo grande su gran victoria sobre la muerte...

Hace unos días me llegó la visita de unos Testigos de Jehová, quienes me entregaron una invitación para una reunión. Les pregunté de qué se iba a tratar dicha reunión. Ellos me dijeron literalmente: "Es que vamos a celebrar la muerte de nuestro Señor Jesucristo".  El tono con el que lo dijeron sonó algo así como a "alegrarse", "celebrar" que Cristo murió; hacer una fiesta porque "ya no está vivo", "ya murió". Una celebración en la que solo se recuerde la muerte de Cristo es una celebración trágica, fatal e incompleta, porque Cristo no se quedó en el sepulcro, sino que venció la muerte, resucitó. Los cristianos celebramos la Pascua, el paso de la muerte a la vida, porque Cristo no está muerto, Cristo está vivo!

 

 

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